OTOÑO CAPRICHOSO Y BELLO

Otoño caprichoso y bello

Era el otoño caprichoso y bello,

¡Cuán bella y caprichosa la alegría!

con los dulces besos y la armonía

que pusimos en el amor  por sello.

 Qué ilusiones alentaron  aquello

viéndonos cada noche, cada día,

contando nuestras cuitas a porfía

con la luz de tus ojos en destello.

 Todo acabó, quizá, menos las penas,

que me anegan de tristeza el semblante

tan extraño, tan hondo, tan doliente;

 furtivas lágrimas cual azucenas

resbalan, queriendo mostrar talante…

Muere el árbol de pie, por ser valiente.

 Poemas de Camilo

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EL AMOR EN LAS FLORES DE ABRIL

De abril el vergel con verde follaje
alienta los encantos e ilusiones,
ampara promesas y devociones
en la maraña del noble ramaje.

Soldeluna, por el agua y coraje,
haciendo brazas, largas inmersiones,
exhala el dulce amor en las funciones
embriagadora esencia en su celaje.

Blancas colinas, obsequio y regalo
del amor por noble agradecimiento,
tras las dulces vivencias del empeño.

¿Por qué tanta felicidad escalo?
En la reflexión y recogimiento
pienso: ¿Será mujer o es un sueño?


Poemas de Camilo

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EN SILENCIO…

En silencio…

 

Aunque nunca mi cariño

tenga el precio de tus besos;

aunque nunca mis palabras

repercutan en tu pecho,

yo lo mismo he de quererte,

con el mismo sentimiento,

como quieren los que sufren…

En silencio.

 

Porque te llevo en el alma

como si fueras un sueño,

como si todo lo tuyo

se adormeciera en mi pecho.

 

Benditas sean las horas

que a solas con tu recuerdo,

por doquier miro, te veo;

y ese viajero incansable

que se llama pensamiento,

que te sigue a todas partes

para colmarte de besos.

 

Porque tú me has enseñado

a quererte desde lejos,

con los ojos, con el alma,

sin palabras… en silencio.

 

Félix Abad Sánchez

 

 

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NOCHE DE ILUSIÓN…

 Noche de ilusión…

No fue una noche cualquiera

de un mes indeterminado,

fue aquella última noche

que los dos hemos hablado

por la mágica pantalla

con determinante agrado.

¡Qué sentimientos tan bellos

de aquello tú me has dejado!

¡Qué triste la despedida!

Con qué ilusión he quedado

contemplando aquella imagen,

la que tú me has entregado

a través de la pantalla

de este PC desolado.

Con cuanto afán te miraba,

porque a mi me parecía

que seguíamos hablando,

aunque no me contestabas;

por eso fui penetrando

en la dulzura del sueño

y el subconsciente ideando

hasta ti poder llegar.

De la Red por la maraña,

no lo puedo precisar,

el encanto se ha logrado:

¡Cuánta belleza veían

Mis ojos desorbitados!

¡Cuánto placer! ¡Cuánto amor!

hurgando en sí he logrado…

Pero la gran decepción

vino cuando he despertado.

Félix Abad Sánchez

 

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TARDE DE JUEVES SANTO…

 

La Pedrada

I

Cuando pasa el Nazareno

de la túnica morada,

con la frente ensangrentada,

la mirada del Dios bueno

y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,

las entrañas se me anegan

en torrentes de amargura,

y las lágrimas me ciegan,

y me hiere la ternura…

Yo he nacido en estos llanos

de la estepa castellana,

cuando había unos cristianos

que vivían como hermanos

en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,

enseñáronme a sentir

y me enseñaron a amar;

y como amar es sufrir,

también aprendí a llorar.

Cuando esta fecha caía

sobre los pobres lugares,

la vida se entristecía,

cerrábanse los hogares

y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno

de la frente coronada,

por aquel de espinas lleno

campo dulce, campo ameno

de la aldea sosegada.

Los clamores escuchando

de dolientes Misereres

iban los hombres rezando

sollozando las mujeres

y los niños observando.

¡Oh, qué dulce, qué sereno

caminaba el Nazareno

por el campo solitario

de verduras menos lleno

que de abrojos el Calvario!

¡Cuán suave, cuán paciente

caminaba y cuán doliente

con la cruz al hombro echada

el dolor sobre la frente

y el amor en la mirada!

 Y los hombres abstraídos,

en hileras extendidos,

iban todos encapados

con hachones encendidos

y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,

doloridas, angustiadas,

enjugando en las mantillas

las pupilas empañadas

y las húmedas mejillas.

Viejecitas y doncellas

de la imagen por las huellas

santo llanto iban vertiendo…

¡Como aquellas, como aquellas

que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños admirados,

silenciosos, apenados,

presintiendo vagamente

dramas hondos no alcanzados

por el vuelo de la muerte.

Caminábamos sombríos

junto al dulce Nazareno,

maldiciendo a los judíos,

“que eran Judas y unos tíos

que mataron al Dios bueno”.

II

¡Cuantas veces he llorado

recordando la grandeza

de aquel hecho inusitado

que una sublime nobleza

inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía

con honda calma doliente,

¡Qué triste el sol se ponía!

¡Cómo lloraba la gente!

¡Cómo Jesús se afligía!

¡Qué voces tan plañideras

el Miserere cantaban!

¡Qué luces, que no alumbraban,

tras las verdes vidrieras

de los faroles brillaban!

Y aquel sayón inhumano

que al dulce Jesús seguía

con el látigo en la mano.

¡Qué feroz cara tenía!

¡Qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!

Iba a caer el Cordero,

y aquel negro monstruo fiero

iba a cruzarle la cara

con el látigo de acero!…

Mas un travieso aldeano,

una precoz criatura

de corazón noble y sano

y alma tan grande y tan pura

como el cielo castellano.

Rapazuelo generoso,

que al mirarla, silencioso,

sintió la trágica escena,

que le dejó el alma llena

de hondo rencor doloroso.

Se sublimó de repente,

se separó de la gente,

cogió un guijarro redondo,

miróle al sayón de frente

con ojos de odio muy hondo;

paróse ante la escultura;

apretó la dentadura,

aseguróse en los pies,

midió con tino la altura,

tendió el brazo de través;

zumbó el proyectil terrible,

sonó un golpe indefinible,

y del infame sayón

cayó botando la horrible

cabezota de cartón.

Los fieles alborotados

por el terrible suceso,

cercaron al niño airados,

preguntándole admirados:

“¿Por qué, por qué has hecho eso?”

Y él contesta agresivo,

con voz de aquéllas que llegan

de un alma justa a lo vivo:

-“¡Porque sí; porque le pegan

Sin hacer ningún motivo!”

III

Hoy que con los hombres voy

Viendo a Jesús padecer,

Interrogándome estoy:

¿Somos los hombres de hoy

Aquellos niños de ayer?

José Mª Gabriel y Galán

El poeta de la tierra castellana

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EL TREN DE LA VIDA…

El tren de la vida

El tren de la vida pasa,

en él todos van viajando

y todos van recordando

los lugares que rebasa,

y la ilusión disfrutando.

Son anhelos, estaciones,

 complacidas existencias

de vividas complacencias,

de sufridas situaciones,

ambicionadas vivencias.

 Por la ventanilla vemos

los paisajes del placer,

ilusiones de un ayer,

 contratiempos que retienen

recuerdos que mantener.

  Paisajes de Primavera

con campos llenos de flores,

ilusiones de colores

en la juventud primera

y los primeros amores.

 Campos yermos, eriales,

predios baldíos, quebradas,

sinrazones empeñadas,

contratiempos desiguales

en las vivencias pasadas.

 Las amistades del viaje

van renovando ilusiones,

incrementando emociones

que componen el bagaje

por unas y otras razones.

Inmersos en confusiones,

el tren al túnel pasar,

de la mente ha de borrar

unas y otras estaciones

que anhelaban recordar.

Corriendo el tren de la vida

tras de una y otra parada,

en la estación de llegada 

va la ilusión extinguida

con la ruta terminada…

 Félix Abad Sánchez

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ESA MARIPOSA…

La mariposa voló una mañana más allá de su modesto cantero de geranios, y se aventuró audaz a penetrar en un majestuoso jardín de inagotables verdes y colores. Aunque había escuchado hablar de la existencia de tales jardines, jamás se había atrevido ni siquiera a soñar con uno de ellos, tan contenta vivía entre sus sempiternos geranios colorados.
El descubrimiento fue casual: una mañana cualquiera (diáfana y amarilla como cualquier mañana), la habitual manía de desplegar el don de la libertad, un espacio infinito para ejercerla, y el vuelo matinal, cotidiano y necesario.
Fue la insistencia del perfume al sobrevolar el lugar lo que la hizo desviar el vuelo, unos aromas embriagadores que la llamaron desde el fondo de las sombras húmedas. Se acercó a indagar su origen: innumerables flores de los más variados tamaños y formas poblaban las cuidadas terrazas, los canteros simétricos y los macetones dispersos aquí y allá. Perfumes y colores la saludaban. El sonido amistoso de una caída de agua sumaba cascabeles al recibimiento de su visita.
Esta visión paradisíaca, sin embargo, no hubiera sido suficiente para hacerla perderse (como finalmente se perdió) y olvidar su humilde patria, de no haber sido por el jardinero.
Aunque lo vio junto a las flores en su vuelo de descenso, no le dio mayor trascendencia aquella vez. Pero, eso sí, lo espió con recelo en los breves revoloteos que ensayó, tímida, para desplazarse de una flor a otra. Creyó percibir cierta simpatía en su mirada y esto la animó a demorarse en la imprevista estación de su paseo matinal; la animó también a regresar al día siguiente.
–¡Qué criatura más bella!
El jardinero le habló.
–¡Qué criatura más bella! Nunca había visto nada igual en mi jardín.
La mariposa sintió un júbilo nuevo y aleteó coqueta sobre la cabeza del adulador. Él caminó hacia lo rosales.
–Son tuyos –le dijo–, todo lo que tengo te pertenece.
No había pensado quedarse. Pero volvió una y otra vez a ese lugar de sueños. Él la esperaba en la sombra y la recibía con ternura.
–Mi reina –la saludaba al verla llegar– al fin el día se ilumina. Me haces tan feliz.
Ella sorbía los néctares de las rosas, de los jazmines, de los lirios. Se embriagaba quizá un poco, pero lo que en verdad la alucinaba, era la compañía de ese nuevo y singular amigo, los paseos soleados y sombreados junto a él, la música compartida del agua de la fuente, su voz (mi reina) su risa (me haces feliz) su magnético lenguaje (nunca he tenido una mariposa tan bella). Sintió que ése era su destino, y apenas si regresaba de vez en cuando a trazar unos vuelos de compromiso sobre el cantero de geranios. Creyó que había alcanzado el paraíso. Y vivió en él como si fuese eterno.
Una tarde, el jardinero (él estaba taciturno, pero ella confiaba en su propio poder alado) se desvió en la caminata por los senderos del jardín y penetró en una habitación gris. Ella como siempre, lo seguía deslumbrada.
Al principio, la desconcertó esa repentina oscuridad, y se quedó, inmóvil, en la arista de algún mueble que no lograba distinguir. Esperaba escuchar la voz amistosa para correr al hombro de su dueño y continuar el paseo al amparo de su tibieza, pero el silencio era tan nuevo como la lobreguez del lugar. Fue un instante. Sintió una punzada fría atravesando su cuerpito frágil, y sus alas se desesperaron en un vaivén enloquecido, pero el vuelo no respondió.
–Siempre serás mía, mi reina, siempre estarás aquí.
Y –dolorida– se sintió transportar y fijar con firmeza sobre un plano vertical. Jardinero, jardinero, no era posible. Le parecía estar viviendo una pesadilla falaz. Movió una vez más las alas en un vano intento por liberarse: recordó la leyenda de una ilustre mariposa literaria, que atravesada por el alfiler de oro de una japonesa cruel, había sorteado lejanías y océanos en busca de su victimaria hasta hacerse justicia. Pero no tuvo fuerzas para imitarla. Su mirada agonizante comenzaba a acostumbrarse a la oscuridad. Observó que el jardinero se alejaba. Y advirtió (ojalá nunca las hubiera distinguido) que cada una de las paredes del cuarto estaba tapizada de paneles de mariposas: violetas, amarillas, azules, multicolores… decenas de ellas, todas hermosas, todas reinas, todas únicas.
Invocó el poder de un vuelo definitivo que dejara atrás el paraíso maldito, reconstruyó en la evocación el camino que llevaba al buen cantero desdeñado, y hasta creyó divisar los geranios desde la altura de su evasión, pero ya no pudo acercarse a ellos. La vida se le iba. Y la ilusión del regreso murió con ella para siempre en el panel del coleccionista.

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